martes, 20 de septiembre de 2022

UNA ESPAÑA VACÍA QUE ¿DULCIFICA EL FRANQUISMO?

En La España vacía leo a Sergio del Molino afirmar que "en el franquismo se podía hablar de pobreza. Se podía lamentar y denunciar la situación de los pobres". Y parece una frase del guión de la historia de la dictadura franquista contada por Walt Disney. 

Lo leo y me acuerdo de está fotografía que prohibió la dictadura y pienso: "España vacía pero ¿de qué? ¿de memoria?".


El franquismo censuró esta fotografía de Hermes Pato de 1940. El triunfo del dictador no podía verse enturbiado por la mirada de ese padre, sus dos hijos y su hija escondida bajo la manta por ese retrato de la pobreza que explicaba lo poco que había tenido de glorioso el alzamiento nacional.
Cuando hoy algún periódico extranjero como The New York Times retrata en sus páginas la dureza de la crisis, el Gobierno de España protestaba afirmando que era una exageración. El Partido Popular piensa que aunque haya generado millones de pobres tenemos que comportarnos como si todavía fuéramos el milagro económico español.
La vergüenza de los pobres es la desvergüenza de los ricos. Mientras decenas de miles de familias apagan el termostato de la calefacción por no poder pagar suministros energéticos, el número de ricos en nuestro país aumenta un 40% en los últimos cinco años.
Padres que recogen comida en los colegios de sus hijos cuando no los ven otros padres, personas que pasan hambre por no ir a un banco de alimentos, hombres y mujeres que callan su pobreza. El silencio de la gente corriente siempre protege a los verdugos y a los reyes de la avaricia. ¿Cómo seria la política en nuestro país si la pobreza hablara?

Cuando un relato se hace hegemónico en España hay que sospechar convenientemente de él. De lo que estuvo vacía España durante la dictadura fue de democracia y durante los años posteriores a la dictadura estuvo vacía de justicia para las víctimas del franquimo. Y de lo que está llena es de relatos negacionistas y complacientes.

lunes, 11 de julio de 2022

USO Y ABUSO DE LAS VÍCTIMAS DE LA VIOLENCIA (POR PARTE DE LA DERECHA

 

·    A principios de los 90, la mayoría electoral no se considera preparada para ver a la derecha en el gobierno central. En 1995 sufre un atentado de ETA, del que sale ileso.Tras ese hecho, la imagen pública del líder popular cambia y el PP da un giro a su interpretación de la violencia terrorista

·    La exposición pública de las víctimas de ETA permitía continuar ocultando a las víctimas de la dictadura, que esperaban a un Estado democrático que garantizase sus derechos


Emilio Silva

 En los primeros años de la Transición (cuando recuperábamos la democracia) el Partido Popular (entonces Alianza Popular) no podía utilizar el pasado como argumento para su legitimidad democrática. Teniendo como fundador a Manuel Fraga, ministro de la dictadura, debía mirar hacia el futuro.

Mientras la élite franquista blanqueaba su biografía, para convertirse en élite democrática, el ambicioso Fraga fracasó en sus repetidos intentos por llegar a la Moncloa, incapaz de aceptar que la sociedad no quería un presidente del Gobierno que hubiera sido dirigente en el franquismo.

Así que la derecha española, herida por varias derrotas electorales, decidió llevar a cabo una gran operación cosmética. En el congreso de enero de 1989, sueltan lastre del pasado y Alianza Popular se refunda en el Partido Popular. Al mismo tiempo llevan a cabo un cambio generacional; aparece un nuevo líder, José María Aznar, en ese momento presidente de la Junta de Castilla y León.

El partido pasó a definirse como fuerza de centro liberal, a pesar de que Aznar había sido durante su juventud militante del Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES), una organización estudiantil que posteriormente se transformó en el partido Falange Española Independiente (FEI). Encontró su legitimidad biográfica en el espíritu de la transición, donde “todos renunciaron a algo” e incluso llegó a definirse como el heredero de la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez.

Aznar, como líder del PP, no consigue ganar las elecciones generales ni en 1989 ni en 1993; la mayoría electoral no se considera preparada para ver a la derecha en el gobierno central. Pero el 19 de abril de 1995 sufre un atentado por parte de ETA, del que sale ileso gracias a viajar en un vehículo blindado. Tras ese hecho, la imagen pública del líder popular cambia.

Es a partir de ese momento cuando el Partido Popular da un giro a su interpretación de la violencia de ETA. De su oposición a ella puede nacer la legitimidad que necesitaban para que la sociedad considerase que se trata de una fuerza política de arraigo democrático. Como consecuencia, la relación del PP con la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) se intensifica y los populares comienzan la construcción de una figura hegemónica, según la cuál, un demócrata es quien ha sido víctima de ETA o condena públicamente su violencia.

Ser víctima de un delito violento no tiene nada que ver con el hecho de ser demócrata, porque para serlo hay que sostener y defender principios democráticos. Pero José María Aznar y su partido planificaron la construcción social de esa asociación de conceptos. Eso les permitía aglutinar su arcaica idea de la unidad del Estado, combatir una anti España que le movilizaba voto, y legitimarse. En ese proceso llegaron incluso a condecorar a Melitón Manzanas, uno de los más sanguinarios torturadores de la dictadura, que fue asesinado por ETA.

La exposición pública de las víctimas de ETA permitía continuar ocultando a las víctimas de la dictadura, que esperaban a un Estado democrático que garantizase sus derechos. Más de cien mil familias ansiaban la llegada de un Gobierno que reabriera las fosas, cerrara las heridas y devolviera a los más de cien mil desaparecidos su buen nombre y un lugar digno en el que reposar.

Cuando un ciudadano es víctima de la violencia, las instituciones deben mirar el daño que ha sufrido y poner en marcha la atención precisa, al tiempo que se produce la intervención policial y judicial. Esa asistencia no puede depender del discurso político del agresor ni del de la víctima; debe ser un derecho apartidista e indiscriminado.

Pero el PP ha establecido durante sus años de gobierno una jerarquía en la atención de las instituciones que tiene que ver directamente con su ideología. Durante años hemos visto cómo las víctimas de la AVT recibían un trato preferente con respecto al de otras organizaciones como la que preside Pilar Manjón. Es una clara prevaricación humanitaria, consistente en diseñar sus políticas de atención a quienes han sufrido delitos violentos desde sus intereses de partido.

Hasta ese punto, la hermana de Miguel Ángel Blanco, María del Mar, actual presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo, ofreció un discurso en el décimo séptimo aniversario del asesinato de su hermano en el que agradeció al Partido Popular su política antiterrorista.

En el artículo tercero de sus estatutos el PP se declara soidario con las víctimas de la violencia de cualquier signo. Pero en sus años de Gobierno jamás ha movido un dedo por reparar a las víctimas de la dictadura. Se trata de una cuestión compleja porque, independientemente de que algunos de sus miembros justifiquen el franquismo, supone criminalizar a sus padres fundadores. Su actitud ha sido la de crear excusas, alguna tan manida y repetida como la de que dar una sepultura digna a una víctimas de la dictadura reabre heridas. Por su parte, el PSOE también ha acompañado al PP en esa política discriminatoria, en parte por inercia y en parte por la culpabilidad de no haber hecho nada por las víctimas del franquismo durante los gobiernos de mayorías absolutas de Felipe González.

En esa construcción, el PP llegó a convertir en la prueba de la cultura democrática de un partido o individuo la condena de la violencia de ETA. Se trata de un falso silogismo, porque el rechazo de esa violencia lo pueden haber practicado en estos años miles de torturadores franquistas, miembros de grupos de extrema derecha y otros colectivos que desprecian la democracia. Y además un ejercicio de doble moral. En el verano de 2013 el alcalde de la localidad lucense de Baralla, el popular Manuel González que aseguró en un pleno municipal que “los que fueron fusilados por el franquismo se lo merecían”. A este militante que justificaba la desaparición forzada de 113.000 civiles el PP no loe pidió una condena de la dictadura. Cuando desde algunos ámbitos se pidió su dimisión él aseguró que “el partido ya me ha perdonado”.

Más doble moral; mientras el PP ha tratado de sacar del juego político a quienes no condenaban la violencia de ETA, financiaba con dinero público del a la Fundación Francisco Franco (Ministerio de cultura 2000 ), sostenía monumentos a dirigentes franquistas, responsables de los peores crímenes que hemos conocido, o apoyaba acciones militares que han causado la muerte a miles de civiles.

De toda esa intervención en la cultura política surge la reacción del con respecto a la afirmación de Pablo Iglesias de que el terrorismo de ETA tiene “explicaciones políticas”. Las declaraciones en las que Esperanza Aguirre le dice a Podemos que entregue a las víctimas el dinero que le sobra del crowdfounding que ha hecho para demandarla, forma parte de esa cultura del PP que ha visto la financiación a ciertas víctimas como la forma de adquirir pedigrí democrático.

Pero el final de la violencia de ETA y los cambios que está generando la crisis han cambiado la realidad. La raya que dibujó Aznar durante sus años de mayoría absoluta, a partir de la cual quienes no estaban con él no merecían el nombre de demócratas, se diluye. Su instrumentalización de las víctimas de ETA queda patente ante su abandono de los desaparecidos de la dictadura o su política de desprotección de las mujeres que sufren la violencia machista. Igual que sus condenas de la violencia, que nunca han alcanzado a una de las dictaduras más sangrientas del mundo.

El PP ha utilizado política y partidistamente las consecuencias de la violencia de ETA. Así se explica su intento de modificar la autoría de los atentados del 11M de 2004, convencidos de que tenían la mayoría pero si sostenían su versión de los hechos hasta el día de las elecciones, tendrían la mayoría absoluta garantizada. Por eso resulta evidente su sobreactuación cuando alguien afirma que existen explicaciones políticas al respecto, como si sus dirigentes no hubieran hecho política con los efectos de la violencia.

Pero el marco se desfigura y lo que durante un tiempo fue un instrumento de persecución inquisitorial (basta recordar la campaña contra Julio Medem por su documental La pelota vasca) se desactiva por el cambio de contexto. Los límites políticos que establecieron los padres de la transición se desdibujan. Cada vez es más evidente que en la trastienda de la política institucional se priorizaban los privilegios y prebendas de la oligarquía. Por eso, cuando ese sistema político nos ha traído hasta esta crisis, sus herramientas se han mostrado inútiles para proteger socialmente a la ciudadanía.

La derecha española se encuentra en una encrucijada. Sus cimientos liberales se desmoronan y el uso que ha hecho de las consecuencias de la violencia terrorista ya no sirven para abatir adversarios. Con los efectos de la crisis, la sociedad ha adquirido otras prioridades y desde el partido que gobierna y genera sufrimiento social ya no es posible movilizar contra otros con la fuerza con que lo hacían antes.

El PP necesita construir nuevas herramientas políticas que realmente operen en la sociedad. Sus reiterados intentos por reabrir el debate acerca del terrorismo han sido infructuosos. En estos momentos no son capaces de apreciar que su crisis va más allá del descontento que generan sus políticas económicas y sociales. El desmoronamiento electoral del PSOE supone también un cambio que deben elaborar. Es posible que necesiten su regreso a la oposición para llevar a cabo una reflexión colectiva que les obligue a romper los viejos lazos y a terminar con la instrumentalización de las víctimas del terrorismo. Mientras tanto, intentan convertir a Pablo iglesias en esa antiEspaña que hasta ahora movilizaba su voto. Pero el cambio social generado por la crisis ha sido enormemente profundo y es posible que no sean capaces de verlo hasta que un resultado electoral lo saque a la superficie.

 

lunes, 20 de junio de 2022

¿PUEDE PEDRO SÁNCHEZ ESPERAR AL AÑO QUE VIENE PARA CONVOCAR UNAS ELECCIONES GENERALES?

El resultado de las elecciones andaluzas no ha sido una sorpresa pero puede ser una buena percha para colgar alguna decisión política trascendente. La inflación es ahora mismo la responsable del mayor ejercicio de oposición electoral al Gobierno. El Partido Popular no tiene que esforzarse mucho para generar una oportunidad en la que sustituirlo porque el Índice de Precios al Consumo es su mejor aliado. Ahora mismo basta con aplicar el método utilizado por Moreno Bonilla en las elecciones andaluzas; hacer una campaña sin campaña. La misma estrategia de José María Aznar en el año 2000 que hizo el mínimo ruido posible para no despertar a la abstención de la izquierda y obtuvo 183 escaños que dejaron perplejos a toneladas de analistas electorales. 

La abstención en la izquierda es sensible y crece con la realidad y las numerosas desilusiones que le provoca la gestión política. La participación electoral de la derecha suele ser más disciplinada, más religiosa, es una demostración de fe. A eso hay que añadirle que cuando los políticos del PP prometen rebajas fiscales en un momento de inflación disparada están utilizando un superconductor que se suma a los fallidos intentos por limitar y disminuir el gasto en energía. 


La previsión es que a lo largo de este año el IPC alcance cerca de 9%. Los vasos comunicantes de la vida doméstica hacen que crezcan los precios y decrezcan los votos. Pero hay un punto crítico en esa realidad que puede arrasar cualquier expectativa electoral de los partidos que gobiernan; el ajuste de las pensiones y los sueldos de los funcionarios cuando acabe el año. 

En enero del año que viene el Gobierno tendrá que anunciar la cifra del poder adquisitivo que van a perder más de 10 millones de personas, los cerca de 9 millones de pensionistas y los más de 2 millones de funcionarios. El Estado del déficit público y la voluntad política van a obligar a perder a esos dos enormes colectivos un 5 o un 6 por ciento de su capacidad de gasto; casi como si les quitaran una de las catorce pagas que reciben al año. Se trata de una medida que va a tener terribles consecuencias electorales y que cualquier Gobierno preferiría llevar a cabo poco después de haber pasado por las urnas y no unos meses antes. 

También está la voluntad política. Hemos visto al Gobierno limitar precios como los de las pruebas de antígenos pero no "puede hacerlo" con el precio de la gasolina o de la energía eléctrica. Con esos ha preferido subvencionar el precio del litro o limitar el precio del gas para uso de producción eléctrica. La jugada política de los surtidores lleva asociado el hecho de que cuando se paga se le recuerda al consumidor el dinero que le está "dando" directamente el Gobierno en esa subvención. Podría ser un mecanismo de repetición electoral muy favorable si no fuera porque el mercado devora de manera acaparadora y el precio del combustible se ha comido los céntimos de subvención y otros tantos más.

El resultado de las elecciones en Andalucía podría ser una buena percha para crear la narración de otra causa para un adelanto electoral que no sea la del aumento de los precios porque eso sería asumir directamente la responsabilidad o la incapacidad para contenerlos. Se pueden crear otras situaciones: otra puede ser la ruptura de la coalición de partidos que ahora mismo celebran los martes los Consejos Ministros en la Moncloa. 

La inflación y las consecuencias que va a tener de pérdida de poder adquisitivo para millones de personas por decisiones de Pedro Sánchez son un lastre que tiene al Gobierno en caída libre electoral. Si decide agotar la legislatura su desgaste para entonces puede ser catastrófico. Si las adelanta es evidente que corre muchos riesgos pero se enfrentaría a los comicios con algo de oxígeno.

Tiene alguna opción, como crear ese impuesto a los ricos que permita mantener el poder adquisitivo a quienes reciben la mensualidad desde las instituciones del Estado. Veremos qué pasa tras la cumbre de la OTAN. Pero es posible que el punto crítico que le espera en el inicio del próximo año sea inasumible para quienes ven que el suelo electoral se encoge considerablemente bajo sus pies. 


sábado, 2 de abril de 2022

POCAS COSAS LE GUSTAN MÁS A LA DERECHA ESPAÑOLA QUE UNA "KALE BORROKA" UNIVERSITARIA

En la tarde de ayer, el ínclito superespañol Ortega Smit, trató de llegar hasta el interior de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Había convocado un acto con un colectivo llamado 711, que pretende devolvernos a la época visigoda. El acto no fue autorizado pero lo que le interesaba al dirigente de VOX no era sentarse en una mesa de un auditorio para recitar la lista de los reyes godos; lo que le interesaba era la bronca con los estudiantes y esa la tuvo. 


Así que coincidiendo con el congreso nacional en el que el Partido Popular espera resucitarse a sí mismo, Ortega partió a buscar entuertos y tratar de conquistar un hueco en los informativos de televisión. 

A la derecha española le encantan este tipo de turbas. En unas cuantas ocasiones han utilizado las universidades para abrir un telediario y eso crea adicción. Así que Ortega (quitarle el Smith es claramente disminuirlo) se plantó a la entrada de la Facultad de Políticas, con una buena convocatoria de medios de comunicación, dispuesto a hacerle ver a este país que mientras el PP trata de salir del túnel quien se enfrenta a la "kale borroka" comunista es él/son ellos.

La respuesta de los estudiantes y del profesorado de la facultad fue contundente. Se plantaron en la puerta para dejar claro su rechazo a la extrema derecha, en defensa de los límites democráticos de la universidad y rechazando a quien quiere negar derechos, promulga los valores de la intolerancia y por tanto, daña a la democracia. 


Lo interesante de analizar es lo que provoca en la derecha española ese choque entre estudiantes de izquierdas y líderes ultra españoles. Y claramente tiene que ver con la vigencia en su imaginario de la anti España; la que no acepta a ciegas el catolicismo, la que se desprendió de las ansias imperiales, la que es capaz de fragmentar el territorio, la que deja de-generar al macho ibérico, la que pervierte la pureza de nuestra historia, la que no añora los tercios españoles, la que luchó contra el franquismo, la que no rinde pleitesía al monarca, la que no acepta el destino de sus líderes naturales por la gracia de Dios.

Así ha sido desde los tiempos de la inquisición y sigue siendo dentro de ese hermetismo secular en el que viven y se suceden las élites españolas, encantadas de su autarquía y su desprecio por la inteligencia. 

Las derechas españolas eligen bien las facultades que visitan. Necesitan un conflicto muy visible. Necesitan que los acompañen antidisturbios, con sus estandartes y armaduras medievales. Necesitan jóvenes que les griten, que les impidan, que les nieguen derechos que jamás han defendido a los que apelan únicamente en esos momentos. 


Hay una anécdota que explica muy bien lo que buscan. En las elecciones europeas de 2014 Rosa Díez planificó su primera acto de campaña en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense. Quería abrir telediarios increpada por jóvenes que trataran de impedir su acto y la envistieran de víctimas de la intolerancia. Una buena bronca merece un buen espacio en los medios. Pero en aquella ocasión los grupos de estudiantes y algunos profesores llegaron a un acuerdo. Se iban a disfrazar de falangistas, toreros y monjas para recibir a la entonces líder de la extinta UPyD. +

Cuando esa noticia llegó a su equipo de campaña se reunieron para planificar una respuesta y la decisión que tomaron fue suspender el acto. Querían una bronca televisiva pero no hacer el ridículo. 







viernes, 4 de marzo de 2022

LA MEMORIA DEL MIEDO: LOS OJOS DE SENÉN

6 de octubre de 2009

Los ojos de Senén escudriñan la tierra con angustiosa atención, como si estuvieran escaneando el terreno que se extiende a sus pies en busca de una minúscula partícula de tiempo, un pequeño agujero por el que pueda regresar su pasado, por el que pueda liberar los recuerdos que ha reprimido durante más de seis décadas. Atiende, revisa, trata de controlar cada movimiento, se concentra, busca, persigue una astilla de aquella infancia que un día le arrebataron un grupo de pistoleros falangistas.

Los arqueólogos, arrodillados dentro de la fosa, llevan dos días recuperando los restos de su padre, de su tío y de otros tres hombres que compartieron aquel trágico destino. Trabajan con cuidado, con la delicadeza que no tuvieron los que apretaron el gatillo, los que fueron capaces de asesinar y esconder los cadáveres de sus víctimas y alargar sin fin el sufrimiento de sus familias.

Las horas y los minutos de aquel día están grabados en su memoria, con la misma precisión y plasticidad con la que la tragedia madrugó aquella mañana de 1936, en la localidad berciana de Fresnedo. “Era martes, era martes”, repite triste y mecánicamente, con los brazos apoyados sobre un andamio y los ojos clavados en aquella fosa que se tragó su niñez.

Era la mañana del 1 de septiembre de 1936. Un camión repleto de falangistas aparcó a la entrada del pueblo. “Aquella mañana madrugaron –recuerda-. Tardaron cinco horas en arruinarnos la vida”. Requeridos por el cura del pueblo los falangistas buscaban un arsenal de armas de los guerrilleros que no encontraron. “Registraron el pueblo de arriba a abajo. Y cuando vieron que no había nada se llevaron a mi padre, a mi tío y a otros tres vecinos; todos militantes o simpatizantes de partidos progresistas”. Cuando los subieron a la camioneta y se puso en marcha Senén echó a correr con todas sus fuerzas, tratando de rescatar al padre de una muerte segura. Corrió y corrió con todas sus fuerzas hasta que ya no pudo más. “Se lo llevaron; nos lo quitaron para matarlo aquí y castigar a toda la familia”.

Senén García tenía en ese momento 77 años y había dedicado su vida a trabajar la mina y a cultivar algunas fincas de la familia. Durante muchas décadas no habló con nadie acerca del lugar donde descansaban los restos de su padre. Era un secreto que se susurraba en las cocinas o en la oscuridad de las alcobas. Su hija Rosa, apenas supo diez años antes dónde había muerto su abuelo. “Me decían que había muerto en la guerra, pero hasta entonces no supe nada de que lo hubieran asesinado y enterrado en una fosa, al borde de una carretera por la que paso casi todos los días”.

Cerca del kilómetro 11 de la autovía que sale de Ponferrada en dirección a Villablino había dos fosas. En ellas descansaban cinco hombres: los hermanos Pascual y Antonio García y los otros vecinos de Fresnedo; Florentino Enríquez, Santiago García Arroyo y Cesáreo Fernández. Los cinco fueron asesinados aquel primero de septiembre de 1936, después de que salieran de Fresnedo en esa camioneta que Senén no pudo alcanzar.


La carrera con la que Senén se despidió de su padre no fue el punto final de su tragedia. Cuando regresaba al pueblo vio una terrible humareda. Su casa y la de su tío estaban ardiendo. Corrió hacia allí y al llegar encontró al grupo de la falange comiéndose el jamón que unas horas antes estaba colgado en la despensa de su familia. “Vete a consolar a tu madre”, le dijeron.

Mientras los arqueólogos rescatan los restos de aquellos cinco hombres, Senén repite constantemente una frase: “Todo lo que brota, lo cortan; todo lo que brota, lo cortan”. Tiene miedo. Miedo de aquellos que le fusilaron la infancia y de que en el comienzo del siglo XXI alguien pueda llegar a la excavación y atacarle. Pero el daño ya se lo hicieron y la misma tierra con la que enterraron a su padre sale de la fosa para enterrar su miedo, para terminar con la obediencia con la que la dictadura franquista programó a la sociedad para construir la impunidad de sus crímenes, para borrar de los espacios públicos el rastro de las brutalidades que cometieron en nombre de la salvación de España.

La historia de Senén salpica el Bierzo y casi todos los rincones de la parte de la península ibérica sometida durante cuatro décadas al poder del general golpista, Francisco Franco. Cuando por casualidad, en marzo del año 2000, encontré la fosa en la que se encontraban los restos de mi abuelo, Emilio Silva Faba, asesinado en Priaranza del Bierzo el 16 de octubre de 1936, toqué casi físicamente ese miedo que me cerraba puertas por todas partes.

La primera vez fue en Villafranca del Bierzo, donde mi abuelo tenía su tienda, La Preferida, y de donde salió aquella triste y terrible noche otoñal de 1936 dentro de un camión de gaseosas Olarte. Llegué dispuesto a preguntar a todas las personas mayores que viera. Frente a la Colegiata, a unas decenas de metros de dónde durante años figuró en un monumento como libertador de la Villa el Comandante Manso, vi a un hombre leyendo el periódico, sentado en una silla, casi en el umbral de la puerta de su casa.


Me acerqué y comencé a conversar con él con precaución, porque no quería asustarlo. Le hablé de mi familia, de mis vínculos con aquel lugar donde ocurrió algo que más de setenta años después me hace escribir estas líneas; ese es el peso que tiene el pasado sobre el presente. Entonces el hombre, después de mirarme varias veces de a arriba abajo y considerar si yo suponía o no un peligro para él, dobló el periódico, lo dejó sobre sus piernas y me habló.

Mientras comenzaba a relatar de forma inconexa algunas de las cosas que ocurrieron en la Villa durante la ocupación franquista, me pareció ver una sombra que se desplazaba de un lado a otro por la parte interior de la puerta de su casa. Al principio no la distinguí pero luego vi perfectamente cómo desde la sombra salía una mano y lentamente se acercaba a la chaqueta del anciano para tironear de ella.

El hombre hizo caso omiso de aquella alerta. Pero entonces el antebrazo que yo podía ver se agitó con más energía, mientras él hablaba de dos hermanas a las que los falangistas les habían rapado la cabeza y las habían paseado por el pueblo llenándoles el cuerpo de aceite de ricino para que la humillación fuera mayor. Luego me contó que el muro final del parque de la herradura lo habían hecho presos políticos y que después de que lo terminaran no se les volvió a ver por allí, “así que vaya usted a saber qué fue de ellos”.

En ese momento el tirón que recibió la chaqueta de mi informante casi lo tambaleó en la silla. Al tiempo que el brazo inquisidor se movía oí un susurro. La primera vez que sonó no fui capaz de interpretarlo, pero la segunda sí. “Calla, calla, no sabes qué quiere”. Y en ese momento el brillo de unos ojos se clavó en mi mirada, sin que yo pudiera distinguir el rostro de la mujer que logró poner fin a esa conversación.


La represión en el Bierzo fue especialmente dura y unilateral; cientos de civiles fueron asesinados, expoliados y hechos desaparecer. Mi padre recuerda que a principios del verano de 1936 apareció un cadáver en las inmediaciones de Pereje. Estaba bien vestido y boca abajo. Los dos primeros días nadie se atrevió a tocarlo y a darle la vuelta para tratar de averiguar quién era. Pero pasados dos días, cuando se convirtió en un problemas de salud pública se reunieron varios vecinos y decidieron enterrarlo.

Por la noche, para no ser vistos por quienes pudieran haberlo asesinado, se acercaron con un carro hasta el lugar en el que se encontraba. Cuando giraron el cuerpo del asesinado y le iluminaron el rostro nadie lo reconoció. Le registraron los bolsillos por si podían encontrar alguna pista, pero los tenía completamente vacíos. Así que lo trasladaron hasta el cementerio y en un osario lo enterraron esa madrugada. Nadie lo reclamó jamás, ni lo ha hecho todavía, pero el pueblo entendió perfectamente el mensaje que acompañaba al cadáver, la lección que brindaba a quienes no se habían sumado al golpe militar e incluso públicamente podían mostrar alguna animadversión al poder violentamente constituido.

Mucha gente no entiende que es esto de la recuperación de la memoria histórica. Pero el lenguaje es sabio. Todo lo que está ocurriendo en los últimos años es la forma de expresar que quiere decir entre otras cosas dejar de estar preso (ex=preso). Las exhumaciones, los homenajes, los reportajes, las investigaciones y los intentos por hacer justicia son formas de expresar el dolor de miles y miles de españoles y españolas que vivieron gobernados por quienes perpetraron esos crímenes y no han tenido las más mínima reparación una vez que ha llegado la democracia. Ahora , los nietos de esos hombres y esas mujeres estamos ayudando a que eso se ex=prese y dejemos de ser prisioneros de aquel miedo.

domingo, 26 de diciembre de 2021

¡QUÉ BELLO ES VIVIR! LA PELÍCULA QUE SE SIGUE EMITIENDO SIN LOS SIETE MINUTOS QUE LE CENSURÓ EL FRANQUISMO

Ayer vi en un canal de tv marginal la película "Qué bello es vivir". De pronto, en una escena, cambia la voz del doblaje y me doy cuenta de que es un efecto de la censura de la dictadura franquista que consideró que podía contaminar a la sociedad española. La película sigue pasando y hay una nueva escena en la que cambian las voces porque pasó por ella la tijera intolerante del franquismo. 

En una de las escenas censuradas se ve al protagonista entregando a unos vecinos una casa construida por la cooperativa de viviendas que dirige. En la siguiente escena, también censurada, un trabajador del banco le explica a su jefe, el empresario usurero que se está adueñado de la ciudad, por qué tiene que aplastar esa cooperativa de viviendas que construye casas dignas a mitad de precio de las suyas. 

Esa escena le da a la película un contenido político muy fuerte; el contraste entre la cultura de la usura del capitalismo que no respeta derechos fundamentales como el de una vivienda digna y la posibilidad de dar una respuesta social que permite acceder a una buena casa a quienes el mercado deja en los márgenes. Borrarla era una forma de negar la posibilidad de que la sociedad articule otras respuestas sociales a un problema como ese. El capitalismo salvaje como único camino. 

Esta es una de las escenas censuradas en España.

La película original tiene una duración de 130 minutos, pero a la versión censurada, que se ha emitido en televisiones españolas en numerosas ocasiones, se faltan siete minutos que fueron amputados por el franquismo. 

En cuarentena y cinco años de democracia se siguen emitiendo películas censuradas e imprimiendo libros a los que les faltan páginas porque con el regreso de la democracia ningún Gobierno español ha creado un organismo que erradique los efectos de la censura. 




jueves, 25 de noviembre de 2021

FELIPA: UNA MUJER MALTRATADA QUE LEVANTÓ LA VOZ CUANDO LAS INSTITUCIONES NO LA PROTEGÍAN

Buscando en un peculiar baúl de los recuerdos, después de comprar un lector de disquettes de 3'5 pulgadas, encontré el texto de esta historia de una mujer maltratada que publiqué, cuando no existía debate público sobre la violencia machista y miles de historias como las de Felipa ocurrían con un silencio cómplice, sin apoyo de las instituciones, sin atención política, con un terrible silencio social. Felipa fue muy valiente al dar la cara cuando no existía ningún apoyo innstitucional que la protegiera. A partir del reportaje mi madre me piió su teléfono y quedó con ella algunas veces para tomar café y charlar, como una forma de solidarizasrse con ella y reconocer su lucha personal.

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La de Felipa es una historia que viven constantemente decenas de miles de mujeres españolas. Durante dos largas y duras décadas soportó un calvario en el que casi a diario era maltratada por su marido, que sin ton ni son le propinaba palizas que llegaron a causarle fracturas de huesos en repetidas ocasiones.
Se casó embarazada a los veinte años, con un joven de su pueblo que por aquel entonces realizaba el servicio militar. Durante su noviazgo él fue muy respetuoso y amable con ella. Pero poco tiempo tuvo que esperar, tras su matrimonio, para pasar de las mieles a las hieles. A los quince días de estar casados se produjo la primera agresión: "Me gritó por algo que no recuerdo. Entonces yo me puse a llorar. El me preguntó que por qué lloraba. Yo le contesté que por nada. Me dijo que me iba a dar dos hostias para que tuviera razones para llorar. Y aquella fue la primera paliza".
Así comenzó a adentrarse por una espiral de terror. Casi a diario su marido la maltrataba. "Las palizas me las daba sin ton ni son. De repente se le cruzaban los cables y comenzaba a pegarme. Al principio pensé que aquello sería pasajero, que ya se arreglaría, pero poco a poco me fui dando cuenta de que no tenía solución". Durante muchos años tuvo que inventar excusas ante sus vecinas para explicar los moratones de sus ojos, o sus dificultades para mover una articulación. "Les contaba que me había caído limpiado la cocina o que me había dado un golpe con algo. Ellas me decían: Pues vaya caída! Y yo creo que no se enteraban de lo que ocurría, o eso me pareció a mí".
En el transcurso de esos años vinieron al mundo cuatro hijos. El mayor fue el único maltratado por el padre. "Le decía que le llevase algo a la tienda y como tardara un poco, le pegaba. Una vez llegó incluso a darle con una vara de hierro y yo creí que lo mataba". El resto de los hijos conocieron el miedo, un miedo que se condensaba en la idea de que su madre pudiera morir a causa de una de aquellas agresiones.
Siempre trató de ocultar aquella situación. Pero algunas personas se dieron cuenta de lo que ocurría y le aconsejaron que se separara de su marido, que ninguna persona tenía que algo así. "No sé si estaba enamorada o qué, pero yo seguí aguantando durante veinte años. Ahora me doy cuenta de que quizás debería haberlo dejado al poco tiempo de comenzar nuestro matrimonio. Pero una vez que casi lo intenté tuve algunas presiones familiares que me sugirieron que no lo hiciera".
Así aguantó y aguantó, a causa del pánico. Hasta que un día la agresión fue extremadamente brutal. "Ese día nada más llegar a casa me dijo que le preparase la cena. Yo le contesté que esperara un momento, que estaba planchando y todavía tenía que acostar a los niños. Entonces empezó a gritar me y a darme. Y me dio tantos golpes que me rompió el tabique nasal y un brazo. Después salió a la calle y no volvió en toda la noche". Pero ni si quiera aquella brutal paliza hizo que moviera un dedo contra su marido. Fue uno de sus hijos el que le dijo: "O pones tú la denuncia o la pongo yo".
Llegó a la casa de socorro acompañada por uno de sus hermanos y su cuñado. Cuando el médico de guardia vio en qué estado se encontraba les dijo a sus acompañantes: "Llega así una hermana mía o una familiar y al que se lo hubiera hecho lo rajo de arriba a abajo". Además de las fracturas, su cuerpo mostraba numerosas contusiones, muchas de ellas no podían verse a través de una radiografía, pero estaban dentro de ella.
Seis meses más tarde intentaron una reconciliación a través de su asistencia a una psicoterapia. "Después de seis sesiones él no quiso volver. El psicólogo me dijo que mi marido era un enfermo mental y que no tenía cura porque no podía volver a nacer". Así que finalmente se separaron. Pero hasta en la separación fue económicamente maltratada. El matrimonio tenía algunas propiedades, entre ellas una ferretería que les daba bastante dinero. Obsesionada porque terminara todo lo concerniente a aquella relación le entregó las propiedades.
Su marido sólo podía entender que ella le hubiera dejado por otro hombre. "Me seguía por la calle y llegó incluso a pincharme el teléfono. Cuando mi hijo pequeño iba a verle él le ponía cintas con conversaciones que yo había tenido con alguno de mis hermanos". Cinco años después de la separación, sufrió otra agresión de su ya ex marido. "Una noche llegaba yo del trabajo y estaba aparcando el coche. Sin que me diera cuenta el apareció junto a la puerta del copiloto, la abrió y se sentó a mi lado. Me dijo que me quería, que no podía vivir sin mí. Yo le rechacé y entonces comenzó a pegarme puñetazos". Aquella fue la causa de la segunda denuncia que en veinte años de palizas casi diarias, ponía su marido.
Ahora, a sus 52 años, sólo quiere recuperar algunos derechos patrimoniales para sus hijos. "Es una vergüenza que yo haya estado veinte años trabajando para sacar el negocio adelante, viviendo como he vivido y que encima el me pase sólo 37.000 pesetas por el hijo pequeño quedándose con lo que se ha quedado".
Sobrevive gracias a la ayuda familiar que le ha quedado después de haber cobrado el paro. Aunque tiene poca confianza en la justicia, intenta luchar por algo que le pertenece por derecho y así salvar, del naufragio de su vida, una mínima seguridad que le permita recobrar la calma que durante tantos años no ha conocido.
Revista Vera 15 de mayo de 1995