Publiqué este artículo en El Semanal en abril de 2001.
Entradilla: De
los siete mil quinientos guerrilleros que lucharon contra Franco tras el final
de la Guerra Civil viven algo más de cuarenta. En Francia o en Italia serían
héroes nacionales pero en España figuran todavía en muchos documentos públicos
como bandoleros. Desde el olvido de la historia oficial tratan de que se
reconozca su defensa de la democracia. Su memoria es un patrimonio que no se
debería perder.
Emilio Silva Barrera
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José Murillo
pisó el suelo de una calle de Burgos y a su espalda se cerró la puerta de la
cárcel. Se sentía extraño. Siendo un chaval se despidió de su madre y de sus
hermanos para echarse al monte junto a su padre y evitar así una detención de
la guardia civil que habría puesto sus vidas en peligro. Siendo un hombre
recuperaba la libertad. Nueve años como guerrillero, catorce como preso
político, dos condenas de muerte y cinco balas que nadie pudo extraerle del
hombro derecho eran todo su patrimonio. La vida recomenzaba a los cuarenta años
para el conocido como comandante Ríos.

La victoria de
Franco en la Guerra Civil convirtió en ilegales a decenas de miles de españoles
que habían luchado con el ejército republicano y simpatizado o pertenecido a
partidos políticos de izquierda. Cerca de medio millón de personas huyeron del
país para salvarse y poder seguir viviendo en libertad. Otros trataron de
recomponer sus vidas ocultando su pasado, se adaptaron a la nueva realidad y
sobrevivieron bajo la dictadura. Unos cuantos tuvieron que echarse al monte
para salvar la vida. Una vez allí formaron pequeños grupos dispersos que a
mediados de los años cuarenta se organizaron en agrupaciones de guerrilleros.
Había cumplido
diecisiete años José Murillo cuando un familiar falangista avisó a su padre de
que se escapara para salvar la vida. También le dijo que se llevara a su hijo
mayor para que no tomaran represalias con él. La vida se había complicado para
ellos en el Viso de los Pedroches, el pequeño pueblo cordobés donde la familia
Murillo vivía de las labores del campo y la ganadería. “Nos despedimos de la
familia y subimos a la sierra. Tuvimos suerte porque al día siguiente nos dio
el alto un grupo de hombres. Nos preguntaron qué hacíamos por ahí y después de
que mi padre les contara su historia nos permitieron unirnos a ellos”. Murillo
recuerda su juventud guerrillera sin nostalgia, como un hecho que simplemente
no pudo ser de otra manera. “A mi padre lo andaban persiguiendo porque había
sido simpatizante de la UGT y visitaba la casa del pueblo durante la república.
Si no nos avisan de que nos escapáramos no lo habríamos contado. Con esas cosas
no se podía jugar porque no se andaban con chiquitas; a mi madre la
encarcelaron cinco años con una niña de dos meses como represalia por no
habernos capturado a nosotros”.
Corría el año
1941 y en los montes de Sierra Morena actuaban varios grupos de guerrilleros.
“Al principio fue muy duro acostumbrarnos a aquella vida. Dedicábamos la mayor
parte de tiempo a tratar de sobrevivir; obteniendo comida y esquivando las
batidas de la guardia civil. Teníamos que cambiar nuestros campamentos
constantemente para evitar ser descubiertos. Nos movíamos por la zona que
delimita Córdoba y Badajoz. Pasábamos el invierno en grandes chozas, reunidos
con otros grupos con los que teníamos cierta confianza. Nunca decíamos nuestros
verdaderos nombres, ni de dónde veníamos, para proteger a nuestra familia”.

La vida de los
guerrilleros era diferente dependiendo de las época y de las zonas de España
donde actuaran. Para algunos su trabajo consistía meramente en resistir,
conseguir alimentos y no caer en manos de la guardia civil. Había zonas donde
realizaban labores de sabotaje. Por ejemplo en León, donde las minas de
wolframio abastecnían al ejército alemán. La misión de impedir que el preciado
metal de uso bélico llegara a manos de los nazis. Para ello asaltaban trenes o
saboteaban puentes. En otras zonas realizaban atracos en los que a veces
conseguían grandes cantidades de dinero para su causa. En 1946 en el Banco
Español de Crédito de Puertollano, el Gafas y su banda se hicieron con 250.000
pesetas, una pequeña fortuna para la época.
En 1944 los
pequeños grupos guerrilleros comenzaron a organizarse en agrupaciones. Murillo
fue nombrado jefe de su guerrilla con 22 años. Desde entonces comienzaron a
llamarle comandante Ríos, por lo bien que cruzaba de orilla a
orilla en las noches de marcha. Una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial y
el bando aliado no atacó a Franco la guerrilla cayó en el desencanto. Los que
pudieron huyeron a Francia, pero ese no fue el caso de Murillo, que tuvo un
duro encuentro nocturno con las fuerzas del orden. “Iba con el jefe de otro
grupo y con un enlace y nos dieron el alto. Comenzó un tiroteo. Me dieron cinco
disparos en el hombro. Tuve suerte de que la guardia llevara fusiles
naranjeros, porque disparan balas en un mismo punto. Mis compañeros me vieron
caer abatido y pensaron que había muerto”.
Cuando Murillo
recuperó la consciencia todo había pasado. “Hice algunas de las señales que
teníamos acordadas para reunirnos en la oscuridad, pero nadie contestó.
Entonces me arrastré como pude y llegué a una carretera. Salí inmediatamente de
ella para no dejar rastros de sangre. Con una manta que llevaba anudada me hice
una especie de torniquete. Caminé por una montaña. Buscaba una cabaña donde
recordaba que vivía la familia de un pastor. Al final caí en una maraña de
zarzas y perdí el conocimiento”. El comandante Ríos tuvo
suerte porque la familia del pastor no lo delató. Lo curaron y luego él cambió
de identidad y se hizo pasar por pastor durante casi dos años, mientras se
recuperaba de sus graves heridas. Pero fue delatado y entró en prisión en 1949.
José Murillo
estuvo en las cárceles de Ocaña y Burgos durante catorce años. Cuando salió en
libertad había cumplido los cuarenta. Poco después se casó con la hermana de un
compañero que tenía identidad falsa. El comandante Ríos había
fingido que la hermana de su compañero de celda era la suya. Con ella se había
carteado durante cuatro años y al quedar él en libertad les unía una intensa
experiencia que han compartido hasta hoy. En los veintitrés años que habían
pasado desde que se echó al monte sólo había visto a su madre en una ocasión.
“Me enteré de que mi madre había salido de la cárcel y bajé al pueblo. Pasé dos
horas con ella y con mis hermanos. Mi padre en cambio fue herido en un
enfrentamiento con la policía y detenido. Se ahorcó en su celda en 1944, aunque
nunca me he creído la versión de su muerte”. José Murillo pertenece a una
generación que lo dio todo soñando con la libertad. Él y su familia, como
muchas otras, sufrieron la persecución de sus ideas. Sus años en el monte y en
la cárcel le impidieron cotizar a la seguridad social y hoy sobrevive como
puede con una pequeña pensión.
La mayoría de
los grupos de guerrilleros recibían órdenes de las organizaciones políticas en
el exilio; el PCE, el PSOE y la CNT orientaban sus pasos. También desde fuera
se organizaron intentos por recuperar la democracia. Por ejemplo el ocurrido en
el amanecer del 19 de octubre de 1944. Algo más de 12000 hombres armados, bajo
el mando de Vicente López Tobar, entraron por distintos lugares de los
Pirineos. La tercera parte de ellos ocupó el Valle de Aran. Su objetivo era
provocar un alzamiento popular y vencer al fascismo. Pero principalmente
buscaban atraer la atención internacional hacia el problema del franquismo. La
operación no funcionó y los miles de hombres retrocedieron. Según los datos
oficiales murieron 129 guerrilleros, 214 catorce fueron heridos y 218 hechos
prisioneros, de los cuales a una buena parte les fue aplicada la pena de
muerte.
Esperanza
Martínez, Sole, viajaba a menudo en burro desde Villar del Saz
hasta Cuenca. En el bolsillo de su vestido llevaba dinero y la lista de todo lo
que tenía que comprar para los guerrilleros que frecuentemente visitaban su
casa. “Mi padre era republicano. Recuerdo lo feliz que volvió con mi madre de
votar en las elecciones de 1936, las que ganó el Frente Popular. Al terminar la
guerra se convirtió en un punto de apoyo de la guerrilla, sin que nosotras lo
supiéramos. Pero un día un hombre armado se refugió en nuestra casa y lo
descubrimos. Poco a poco fuimos conociendo a más miembros de la guerrilla que
nos contaban cómo sería España sin Franco, cómo se acabaría eso de que unos
pocos lo tuvieran todo y muchos no tuvieran nada. Me dejaban algunos libros y
yo iba aprendiendo cosas que me han marcado para siempre”.

Existía una
guerrilla del llano, compuesta por hombres y mujeres que públicamente hacían
una vida normal y en sus casas daban cobijo, información y todo tipo de ayuda a
los escapados. Según los datos oficiales eran 20.000 las personas que apoyaban
directamente a la guerrilla aunque su apoyo real podría ser muy superior.
Los enlaces o puntos de apoyo sufrieron la misma represión que los
guerrilleros. Su trabajo consistía en mantener a la guerrilla informada de los
movimientos de tropas, Muchos de ellos fueron asesinados o sufrieron años de
cárcel y de torturas. Las unidades especiales de la guardia civil les tendían
trampas constantemente o les arrancaban confesiones bajo la amenaza de capturar
a sus familias.
La relación de
Esperanza con los guerrilleros que pasaban por su casa tenía una mezcla de
ilusión y de aventura. Pero la cosas se complicaron cuando la guardia civil
creó unidades especiales de lucha contra la guerrilla. “Comenzaron a detener a
gente relacionada con los escapados y nos pusimos en alerta. La policía llamaba
a nuestra casa por las noches o venían hombres a vernos disfrazados de mendigos
que nos pedían que les ayudáramos a contactar con los guerrilleros, para ver si
picábamos. Por suerte teníamos un perro que solamente ladraba cuando llegaba la
guardia civil”.
Esperanza tenía
22 años recién cumplidos cuando con su padre y sus dos hermanas pequeñas tuvo
que echarse al monte para evitar una detención inminente. “Presentíamos que
estaban a punto de venir a por nosotros y nos escapamos. A mis dos hermanas les
encontraron dos casas donde las acogieron como si fueran de la familia y yo me
quedé con mi padre en el monte. Estuvimos dos años en la guerrilla. La vida que
hacíamos era bastante tranquila, no buscábamos enfrentamientos, se trataba de
sobrevivir y no ser capturados. Alguna vez pasó la guardia civil a pocos metros
de nuestro campamento y no disparamos ni un tiro. Pasábamos el tiempo hablando
de política y comentando las noticias que recibíamos a través de los enlaces.
Se trataba de conseguir medios para sobrevivir y resistir”.
Eran momentos
muy difíciles porque Franco había sobrevivido al final de la guerra mundial y
los objetivos del movimiento guerrillero no estaban claros. “Había un profundo
debate entre resistir y salir del país. Éramos gente soñadora y yo tenía toda
la vida por delante. Así que decidí escaparme a Francia con mi amiga Reme”,
recuerda Sole.
Aunque las
cifras siempre son aproximadas se cree que murieron cerca de 2500 guerrilleros,
entre los enfrentamientos armados y los ejecutados por condena. El resto fueron
encarcelados y unos pocos pudieron cruzar la frontera y siguieron luchando en
defensa de la democracia desde el exilio. A principios de los años cincuenta se
disolvieron las agrupaciones aunque algunos individuos continuaron con su lucha
hasta bien avanzada la dictadura. José Castro Veiga, Piloto, fue el
último guerrillero que cayó tiroteado por la guardia civil en el año 1965, tres
décadas después del final de la guerra.
Uno de los
enlaces que colaboraban con el grupo de Esperanza preparó la fuga. En el punto
kilométrico acordado y a la hora fijada la esperó un coche que la llevó por
Barcelona y la dejó a unos kilómetros de la frontera francesa. Desde allí cruzó
por el monte, algo a lo que estaba muy acostumbrada. Esperanza fue acogida por
una familia francesa perteneciente al Partido Comunista. “Me había afiliado al
PCE estando en la guerrilla. Cuando llegué a Francia, tras mis dos años de
guerrilla por la Serranía de Cuenca, el partido me ofreció la posibilidad de
seguir colaborando ayudando a otros compañeros escapados a salir de España.
Acepté porque esa responsabilidad me parecía un honor”. Esperanza hizo su
primer viaje, recogió a un grupo y cruzó la frontera por Navarra. En su segunda
incursión fue detenida dentro de un tren en Miranda de Ebro. “Me delató el
enlace que me había llevado hasta allí”. Después de pasar por duros
interrogatorios (“llegué a desear la muerte”), fue encarcelada. Corría el año
1952. “Llegar a la cárcel supuso para mí una liberación, porque había sufrido
muchas agresiones. Me cayeron 46 años de condena”.
En 1967 Sole salió
en libertad vigilada. A partir de entonces buscó un trabajo y trató de
normalizar su vida sin abandonar su lucha. Fue la primera mujer que
contrajo matrimonio civil en Zaragoza, la ciudad en la que vive. “La boda se
celebró en la cárcel porque a mi marido le habían condenado a tres años por
repartir propaganda de Comisiones Obreras”. En la actualidad conserva intacto
su compromiso. Su padre murió el 4 de marzo de 1950, en un tiroteo. “Hace un
año que averigüé el sitio exacto donde fue enterrado y el próximo verano quiero
poner allí una placa en recuerdo del hombre que fue, luchador por la justicia y
la libertad”.
Los guerrilleros
españoles siguen metafóricamente echados al monte, en la cordillera del olvido.
Habían sido los últimos luchadores antifranquistas y esperaban que la
transición democrática reconociera sus méritos, como había pasado con los
maquis franceses tras la liberación. Pero no ha sido así. Para René Pérez,
responsable de la Unión de Excombatientes Franceses en España, se trata de una
injusticia histórica. “A los guerrilleros franceses que lucharon contra el
nazismo se les considera héroes nacionales; tienen una pensión especial,
veranean en residencias militares, los mutilados reciben asistencia a domicilio
y han sido condecorados en repetidas ocasiones”. Podría pensarse que ese
reconocimiento está alimentado por el hecho de que en Francia se defendieron de
la ocupación nazi y se añadía otro componente; la liberación de su país. Pero
no es así. “El mismo reconocimiento y las mismas ventajas y derechos sociales
los disfrutan los franceses que formaron parte de las Brigadas Internacionales
contra Franco, defendiendo las libertades en otro país. La defensa de la
democracia es algo incuestionable más allá de las diferencias políticas entre
partidos” afirma este hombre que, con los miembros de su asociación, celebra
todos los años en Madrid el aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.
Francisco
Martínez, Quico, es a sus 75 años uno de los guerrilleros más
activos en la defensa de un colectivo casi olvidado. “Parece mentira que
después de lo que luchamos y sufrimos todavía figuremos en muchos documentos
públicos como bandoleros y asaltadores de caminos. Una de las pocas cosas que
reivindicamos es que de una vez por todas se reconozca que fuimos defensores de
la democracia de la que hoy podemos disfrutar todos los españoles”.
Quico comenzó su
colaboración siendo enlace de la guerrilla. En 1947 descubrió a tiempo que
estaba a punto de caer en una trampa. Sin pensárselo un segundo corrió hacia el
monte antes de que fuera demasiado tarde. “Hasta que tuve que escaparme ayudaba
en labores de información o consiguiendo material. Vivíamos en Cabañas Raras,
un pueblo del Bierzo leonés y allí mi padre tenía mucha relación con los
guerrilleros. Habitualmente venían a casa, cuando la cosa estaba tranquila,
cenaban con nosotros y se quedaban a dormir”.

La vida de los
guerrilleros en la comarca leonesa del Bierzo era relativamente confortable.
“Nosotros dormíamos casi todas las noches bajo techo –recuerda Quico-.
Había mucha gente que nos ayudaba y nos daba cobijo y alimento. Nos movíamos en
un zona entre las provincias de León, Lugo y Orense. Nuestra labor
consistía en mantener vivo el espíritu de la república, difundir nuestra causa
y simbolizar para la gente la posibilidad de la esperanza en el fin del
franquismo. Lo cierto es que tuvimos mucho apoyo popular, de no ser así no
habríamos sobrevivido”.
Quico estuvo cuatro años en el grupo de Manuel Girón,
el fundador de la primera Federación de Guerrillas, la de León-Galicia; un
guerrillero mítico que fue asesinado por un infiltrado. “En 1951 el movimiento
guerrillero estaba en retirada así que tras la muerte de Girón, otros dos
compañeros y yo decidimos escapar a Francia. Un enlace nos compró tres buenos
trajes y fuimos en taxi hacia la frontera. Un infiltrado en el Gobierno Militar
de Valladolid nos proporcionó a Zapico, a Jalisco y
a mí una documentación que nos acreditaba como personal sanitario del
ejército”.
Su fuga estuvo
cargada de anécdotas y momentos difíciles. Una mañana, Zapico, uno
de sus compañeros, se levantó de la cama en un hotel en Pamplona y fue a asearse.
Entró en el baño con la pistola colgada del hombro y una toalla tapándola. Nada
más abrir la puerta se encontró de frente con el uniforme de un coronel de la
guardia civil que se estaba duchando. El mando policíal le invitó a quedarse en
el baño pero Zapico se disculpó amablemente y los tres
guerrilleros pusieron pies en polvorosa. En la frontera francesa fueron
detenidos. Pensaron que eso les salvaría. “Cuando pensábamos que lo habíamos
logrado pasamos el momento más crítico. Nos daban a elegir entre ser entregados
a las autoridades franquistas o enviarnos a la legión extranjera. Las dos
opciones eran bastante complicadas pero tuvimos la suerte de que un periodista
denunció nuestro caso y finalmente decidieron acogernos. Los tres pudimos
instalarnos en Francia y vivir libremente, aunque nunca dejamos de luchar por
el regreso de la democracia a España”.
El pasado 27 de
febrero la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados debatió a
propuesta del PSOE un Proyecto No de Ley para reconocer públicamente a los
guerrilleros antifranquistas. El Partido Popular se opuso a la medida por
considerar que en los primeros años de la transición se dictaron numerosas
leyes para rehabilitar a distintos grupos sociales de ambos bandos y ya no es
tiempo de seguir tomando medidas de algo que se considera resuelto. Hasta ahora
algunos parlamentos regionales han apoyado mociones en ese sentido: Aragón,
Madrid, Cataluña, Extremadura, Valencia, Navarra y Euskadi. También lo han
hecho numerosos ayuntamientos. Pero su empeño es que las altas instituciones
del Estado democrático agradezcan su lucha.
El relato de sus
vidas en pleno siglo veintiuno se asemeja al de cualquier guión
cinematográfico. Esa es la razón por la que Montxo Armendáriz estrenará a
finales del mes de abril Silencio roto, una película protagonizada
por Juan Diego Botto y Lucía Jiménez que cuenta una historia de la guerrilla
desde la perspectiva de una mujer. Los guerrilleros supervivientes confían en
que esa sea una buena ocasión para difundir su causa y romper de una vez por
todas las mordazas del olvido.
El comandante
Ríos, Sole y Quico son el testimonio vivo
de una lucha arriesgada por la libertad. Su deseo es pasar a la historia como
defensores de la democracia. Después de tantos años y penalidades se enfrentan
a una difícil batalla, derrotar al olvido. Y sólo tienen un arma, la memoria.
Fichas de cada
uno de ellos
Fichas de cada
uno de ellos para las fotografías:
Nombre: José Murillo, Comandante Ríos
Fecha y lugar de
nacimiento: 9 de abril de 1924 en el Viso de los Pedroches, Córdoba.
Años en la
guerrilla: entre 1941 y 1949.
Años de cárcel:
14
Zona
guerrillera: Sierra Morena y zona del límite de las provincias de Córdoba y
Badajoz.
Heridas: cinco
balas que todavía tiene incrustadas en el hombro derecho.
Por qué causa se
volvería a echar al monte: por liberar al tercer mundo de la explotación y la
miseria.
Nombre: Esperanza Martínez, Sole
Fecha y lugar de
nacimiento: 27 de abril de 1927 en Villar del Saz de Arcas, Cuenca.
Años en la
guerrilla: 1949-1951
Años de cárcel:
desde el 25 de marzo de 1952 hasta el 25 de febrero de 1967.
Zona
guerrillera: Serranía de Cuenca, Levante y Aragón.
Por qué causa se
volvería a echar al monte: para que se reparta la riqueza.
Nombre: Francisco Martínez, Quico
Fecha y lugar de
nacimiento: 1 de octubre de 1925 en Cabaña Raras, León.
Años en la
guerrilla: 1947-1951
Zona de
guerrilla: El Bierzo, Orense y Lugo.
Heridas: un
disparo en un brazo y un impacto en la cabeza.
Por qué causa se
volvería a echar al monte: Para luchar contra el fascismo.
Una leyenda llamada Manuel Girón
El próximo 2 de
mayo se conmemora el quincuagésimo aniversario de la muerte de Manuel Girón
Bazán un guerrillero que se convirtió en mito para muchos habitantes del Bierzo
leonés. Girón tuvo que echarse al monte con su hermano José el 20 de julio de
1936, a la edad de 26 años. Era miembro de la Unión General de Trabajadores y
de haber sido detenido habría corrido posiblemente la suerte de muchos de sus
compañeros del sindicato,que fueron fusilados.
Su primer
refugio fue la comarca de La Cabrera. En agosto de 1937 se desplazó junto a
otros diez hombres hacia el frente de Asturias. Su hermano cayó gravemente
herido y fue evacuado a Francia. Él aguantó hasta que las fuerzas nacionales
derrotaron al Frente Norte. Manuel Girón regresó al Bierzo y se instaló en un
lugar conocido como “La ciudad de la selva”. Su carisma personal reunió en
torno suyo a numerosos hombres con los que fundó en 1942 la Federación de
Guerrillas León-Galicia.
El nacimiento de
su leyenda se produjo el 24 de febrero de 1949. El comandante de la guardia
civil de Ponferrada, Miguel Arricivita Vidondo, había preparado una gran
emboscada a la guerrilla gracias a la delación de un antiguo enlace. Dos de los
maquis murieron y la policía requirió a Emilia Girón para que identificara los
cadáveres. Ella aseguró que uno era su hermano. El comandante fue debidamente
condecorado. La gente que admiraba a Girón se sintió apesadumbrada. Pero poco
después, cuando se supo que el guerrillero permanecía vivo, comenzó su leyenda.
El 24 de febrero
de 1951 un grupo de cinco guerrilleros encabezados por Girón fue cercado por
doscientos guardias, a causa de la delación de un molinero. El intenso combate
duró catorce horas en las que fueron incendiadas varias casas del pueblo de
Corporales. Los guerrilleros lograron salir milagrosamente con vida utilizando
una estrategia que había consistido en comunicar interiormente toda la manzana
de casas para salir por la puerta más distante.
Así se fue
construyendo su leyenda de guerrillero invencible. Girón era recibido en muchos
pueblos con los brazos abiertos. Hasta que el 2 de mayo de 1951 murió a manos
de un infiltrado de la guardia civil, José Rodríguez Cañueto. El cuerpo del
legendario luchador fue expuesto en la puerta del cementerio del Carmen de
Ponferrada como un trofeo de caza. La guardia civil quería acallar los rumores
y demostrar que en esa ocasión se trataba del auténtico Manuel Girón Velasco.
Su cuerpo fue enterrado extramuros del cementerio, en una fosa común.
Posteriormente sus restos fueron recuperados por Alfonso Yáñez, un enlace de la
guerrilla, quien los conservó hasta febrero de 1997 en que recibieron sepultura
en el interior del cementerio.
LA MUJER EN LA GUERRILLA
Para Esperanza Martínez, una de las pocas
guerrilleras que ha sobrevivido al siglo XX, “las mujeres somos las grandes
olvidadas de la historia. En la guerrilla tuvimos un papel muy importante que
todavía no ha sido investigado en profundidad”. Las mujeres desarrollaron un
papel muy importante como enlaces y como guerrilleras.
Las razones por las que comenzaron a
colaborar con la guerrilla eran diversas. La mayoría eran viudas de
guerra o de los paseados en los meses siguientes a julio de 1936. Otras eran
hijas o familiares de perseguidos y guerrilleros. Es muy difícil estimar el
número de mujeres que pertenecieron a la guerrilla. Según el historiador
Francisco Moreno el 2% de la guerrilla eran mujeres. Eso quiere decir que
fueron unas 150 las guerrilleras que lucharon contra Franco. Su participación
fue mucho más numerosa como enlaces. Sus biografías son un gran testimonio que
se conserva a pesar del paso de los años.
BREVES BIOGRAFÍAS
Francisca Nieto Blanco “Paquina” (Ponferrada, 1913). Casada con el inspector de policía de Ponferrada
Vicente Campillo, que murió en el frente asturiano en 1936. Responsable de la
1ª Compañía de Guerrillas del Llano, perteneciente a la 1ª Agrupación de
Guerrillas que dirigía el asturiano César Ríos Rodríguez. Fue detenida y
encarcelada en numerosas ocasiones entre 1936 y 1948. Finalmente escapó a
Argentina y regresó a España varios años después. Actualmente vive en
Ponferrada
Alpidia García Moral “Maruxa” (Sobrado, 1905). Su marido fue paseado en los primeros meses de la
Guerra Civil. Tras esto comenzó a colaborar con la guerrilla. Su casa fue un
importante punto de apoyo hasta que en 1943, una inspección rutinaria de la
guardia civil, sorprendió en ella a un importante grupo de guerrilleros que
lograron huir. Alpidia huyó con ellos. Permaneció en el monte durante casi seis
años hasta que el 17 de marzo de 1949 su guerrilla fue cercada. Alpidia fue
detenida con vida y asesinada posteriormente por un sargento de la guardia
civil.
Consuelo Rodríguez López “Chelo” (Soulecín, Orense). Tres de sus hermanos, Rogelio, Sebastián y
Domingo huyeron al monte en los años de la guerra, por lo que sus padres fueron
asesinados en represalia por soldados del tercio en 1939. Tras esto los tres
hermanos que quedaban, Antonia, Domingo y la propia Consuelo huyeron al monte
donde ya estaban sus tres hermanos. Los cuatro hermanos varones murieron en la
guerrilla, así como el compañero de Consuelo, el asturiano Arcadio Ríos
Rodríguez. En 1949 Consuelo logró salir de España desde Madrid hacia Francia,
donde se casó con otro guerrillero asturiano, Marino Montes Ferrero.
Actualmente vive en el país vecino.
Alida González Arias “Penca” (Salas de Los Barrios, 1915). Su marido José Losada huyó al principio
de la guerra. Alida fue desterrada a Cantalapiedra, Salamanca, donde supo de la
muerte de su esposo en 1941. A su vuelta pasó a ser una de los enlaces más
activos. En 1945 fue descubierta por la policía y tuvo que incorporarse a la
guerrilla de Girón, que fue su compañero sentimental. Es la única testigo del
asesinato de Girón en mayo de 1951. Actualmente vive en su pueblo natal.
Matilde Franco Canedo (Toral de Los Vados, 1921). Enlace de la guerrilla. Era la compañera
de Abel Ares Pérez. Cuando eran novios él vivió escondido varios meses en
un agujero. Ella salía a las afueras de su pueblo a pasear, se sentaba en
medio del campo, ponía la mano en el borde del agujero para que Abel se la
cogiera y le contaba las últimas novedades. Años después huyeron juntos a Francia
a finales de 1948. Allí residieron hasta 1992, año en que regresaron a España.
Actualmente vive en su pueblo natal.
SILENCIO ROTO, NUEVA PELÍCULA DE MONTXO ARMENDÁRIZ
El director de cine navarro, Montxo
Armendáriz estrenará a finales del mes de abril su sexta película, Silencio
roto, que supone su primer trabajo tras el éxito de Secretos del
corazón, candidata española para el Oscar. La nueva película narra la vida
de una joven que se ve obligada a madurar en un ambiente rural tenso y
complicado por la presión del régimen franquista. Para Armendáriz este trabajo
“es un intento por recobrar el pasado, algo que mucha gente piensa que siempre
trae malos recuerdos. Narra una parte de nuestra historia que se ha tratado de
silenciar y que nos puede ayudar a comprender el presente”. La protagonista,
Lucía Giménez, llega a vivir a un pequeño pueblo y tiene una relación con un
joven herrero, Juan Diego Boto, que se echa al monte con el maquis. La historia
transcurre en tres estaciones diferentes: el otoño de 1944, el verano de 1946 y
el invierno de 1948.

Para
documentarse Montxo Armendáriz mantuvo entrevistas con algunos de los
guerrilleros supervivientes y visitó con ellos alguno de los lugares
emblemáticos para la guerrilla de los años cuarenta. El pasado mes de noviembre
el equipo de la película, incluidos los actores protagonistas, asistió en Santa
Cruz de Moya a un encuentro sobre la guerrilla.
Por otra parte,
Javier Corcuera, director del documental La espalda del mundo, que
ha cosechado numerosos éxitos dentro y fuera de nuestro país, está rodando un
documental acerca de la guerrilla antifranquista. Corcuera ya ha grabado
algunas entrevistas y acompañó a algunos guerrilleros en la caravana de la
memoria, un autobús que recorrió España entre los meses de octubre y noviembre
pasados, en el que iban además de guerrilleros: niños de la guerra, brigadistas
internacionales y exiliados políticos. La labor de documentación previa al
rodaje está siendo complicada porque muchos de los documentos acerca de la
guerrilla no son públicos y continúan encerrados en los archivos de la Guerra
Civil.