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viernes, 4 de marzo de 2022

LA MEMORIA DEL MIEDO: LOS OJOS DE SENÉN

6 de octubre de 2009

Los ojos de Senén escudriñan la tierra con angustiosa atención, como si estuvieran escaneando el terreno que se extiende a sus pies en busca de una minúscula partícula de tiempo, un pequeño agujero por el que pueda regresar su pasado, por el que pueda liberar los recuerdos que ha reprimido durante más de seis décadas. Atiende, revisa, trata de controlar cada movimiento, se concentra, busca, persigue una astilla de aquella infancia que un día le arrebataron un grupo de pistoleros falangistas.

Los arqueólogos, arrodillados dentro de la fosa, llevan dos días recuperando los restos de su padre, de su tío y de otros tres hombres que compartieron aquel trágico destino. Trabajan con cuidado, con la delicadeza que no tuvieron los que apretaron el gatillo, los que fueron capaces de asesinar y esconder los cadáveres de sus víctimas y alargar sin fin el sufrimiento de sus familias.

Las horas y los minutos de aquel día están grabados en su memoria, con la misma precisión y plasticidad con la que la tragedia madrugó aquella mañana de 1936, en la localidad berciana de Fresnedo. “Era martes, era martes”, repite triste y mecánicamente, con los brazos apoyados sobre un andamio y los ojos clavados en aquella fosa que se tragó su niñez.

Era la mañana del 1 de septiembre de 1936. Un camión repleto de falangistas aparcó a la entrada del pueblo. “Aquella mañana madrugaron –recuerda-. Tardaron cinco horas en arruinarnos la vida”. Requeridos por el cura del pueblo los falangistas buscaban un arsenal de armas de los guerrilleros que no encontraron. “Registraron el pueblo de arriba a abajo. Y cuando vieron que no había nada se llevaron a mi padre, a mi tío y a otros tres vecinos; todos militantes o simpatizantes de partidos progresistas”. Cuando los subieron a la camioneta y se puso en marcha Senén echó a correr con todas sus fuerzas, tratando de rescatar al padre de una muerte segura. Corrió y corrió con todas sus fuerzas hasta que ya no pudo más. “Se lo llevaron; nos lo quitaron para matarlo aquí y castigar a toda la familia”.

Senén García tenía en ese momento 77 años y había dedicado su vida a trabajar la mina y a cultivar algunas fincas de la familia. Durante muchas décadas no habló con nadie acerca del lugar donde descansaban los restos de su padre. Era un secreto que se susurraba en las cocinas o en la oscuridad de las alcobas. Su hija Rosa, apenas supo diez años antes dónde había muerto su abuelo. “Me decían que había muerto en la guerra, pero hasta entonces no supe nada de que lo hubieran asesinado y enterrado en una fosa, al borde de una carretera por la que paso casi todos los días”.

Cerca del kilómetro 11 de la autovía que sale de Ponferrada en dirección a Villablino había dos fosas. En ellas descansaban cinco hombres: los hermanos Pascual y Antonio García y los otros vecinos de Fresnedo; Florentino Enríquez, Santiago García Arroyo y Cesáreo Fernández. Los cinco fueron asesinados aquel primero de septiembre de 1936, después de que salieran de Fresnedo en esa camioneta que Senén no pudo alcanzar.


La carrera con la que Senén se despidió de su padre no fue el punto final de su tragedia. Cuando regresaba al pueblo vio una terrible humareda. Su casa y la de su tío estaban ardiendo. Corrió hacia allí y al llegar encontró al grupo de la falange comiéndose el jamón que unas horas antes estaba colgado en la despensa de su familia. “Vete a consolar a tu madre”, le dijeron.

Mientras los arqueólogos rescatan los restos de aquellos cinco hombres, Senén repite constantemente una frase: “Todo lo que brota, lo cortan; todo lo que brota, lo cortan”. Tiene miedo. Miedo de aquellos que le fusilaron la infancia y de que en el comienzo del siglo XXI alguien pueda llegar a la excavación y atacarle. Pero el daño ya se lo hicieron y la misma tierra con la que enterraron a su padre sale de la fosa para enterrar su miedo, para terminar con la obediencia con la que la dictadura franquista programó a la sociedad para construir la impunidad de sus crímenes, para borrar de los espacios públicos el rastro de las brutalidades que cometieron en nombre de la salvación de España.

La historia de Senén salpica el Bierzo y casi todos los rincones de la parte de la península ibérica sometida durante cuatro décadas al poder del general golpista, Francisco Franco. Cuando por casualidad, en marzo del año 2000, encontré la fosa en la que se encontraban los restos de mi abuelo, Emilio Silva Faba, asesinado en Priaranza del Bierzo el 16 de octubre de 1936, toqué casi físicamente ese miedo que me cerraba puertas por todas partes.

La primera vez fue en Villafranca del Bierzo, donde mi abuelo tenía su tienda, La Preferida, y de donde salió aquella triste y terrible noche otoñal de 1936 dentro de un camión de gaseosas Olarte. Llegué dispuesto a preguntar a todas las personas mayores que viera. Frente a la Colegiata, a unas decenas de metros de dónde durante años figuró en un monumento como libertador de la Villa el Comandante Manso, vi a un hombre leyendo el periódico, sentado en una silla, casi en el umbral de la puerta de su casa.


Me acerqué y comencé a conversar con él con precaución, porque no quería asustarlo. Le hablé de mi familia, de mis vínculos con aquel lugar donde ocurrió algo que más de setenta años después me hace escribir estas líneas; ese es el peso que tiene el pasado sobre el presente. Entonces el hombre, después de mirarme varias veces de a arriba abajo y considerar si yo suponía o no un peligro para él, dobló el periódico, lo dejó sobre sus piernas y me habló.

Mientras comenzaba a relatar de forma inconexa algunas de las cosas que ocurrieron en la Villa durante la ocupación franquista, me pareció ver una sombra que se desplazaba de un lado a otro por la parte interior de la puerta de su casa. Al principio no la distinguí pero luego vi perfectamente cómo desde la sombra salía una mano y lentamente se acercaba a la chaqueta del anciano para tironear de ella.

El hombre hizo caso omiso de aquella alerta. Pero entonces el antebrazo que yo podía ver se agitó con más energía, mientras él hablaba de dos hermanas a las que los falangistas les habían rapado la cabeza y las habían paseado por el pueblo llenándoles el cuerpo de aceite de ricino para que la humillación fuera mayor. Luego me contó que el muro final del parque de la herradura lo habían hecho presos políticos y que después de que lo terminaran no se les volvió a ver por allí, “así que vaya usted a saber qué fue de ellos”.

En ese momento el tirón que recibió la chaqueta de mi informante casi lo tambaleó en la silla. Al tiempo que el brazo inquisidor se movía oí un susurro. La primera vez que sonó no fui capaz de interpretarlo, pero la segunda sí. “Calla, calla, no sabes qué quiere”. Y en ese momento el brillo de unos ojos se clavó en mi mirada, sin que yo pudiera distinguir el rostro de la mujer que logró poner fin a esa conversación.


La represión en el Bierzo fue especialmente dura y unilateral; cientos de civiles fueron asesinados, expoliados y hechos desaparecer. Mi padre recuerda que a principios del verano de 1936 apareció un cadáver en las inmediaciones de Pereje. Estaba bien vestido y boca abajo. Los dos primeros días nadie se atrevió a tocarlo y a darle la vuelta para tratar de averiguar quién era. Pero pasados dos días, cuando se convirtió en un problemas de salud pública se reunieron varios vecinos y decidieron enterrarlo.

Por la noche, para no ser vistos por quienes pudieran haberlo asesinado, se acercaron con un carro hasta el lugar en el que se encontraba. Cuando giraron el cuerpo del asesinado y le iluminaron el rostro nadie lo reconoció. Le registraron los bolsillos por si podían encontrar alguna pista, pero los tenía completamente vacíos. Así que lo trasladaron hasta el cementerio y en un osario lo enterraron esa madrugada. Nadie lo reclamó jamás, ni lo ha hecho todavía, pero el pueblo entendió perfectamente el mensaje que acompañaba al cadáver, la lección que brindaba a quienes no se habían sumado al golpe militar e incluso públicamente podían mostrar alguna animadversión al poder violentamente constituido.

Mucha gente no entiende que es esto de la recuperación de la memoria histórica. Pero el lenguaje es sabio. Todo lo que está ocurriendo en los últimos años es la forma de expresar que quiere decir entre otras cosas dejar de estar preso (ex=preso). Las exhumaciones, los homenajes, los reportajes, las investigaciones y los intentos por hacer justicia son formas de expresar el dolor de miles y miles de españoles y españolas que vivieron gobernados por quienes perpetraron esos crímenes y no han tenido las más mínima reparación una vez que ha llegado la democracia. Ahora , los nietos de esos hombres y esas mujeres estamos ayudando a que eso se ex=prese y dejemos de ser prisioneros de aquel miedo.

lunes, 18 de octubre de 2021

USO Y ABUSO DE LAS VÍCTIMAS DE LA VIOLENCIA

Publicado en eldiario.es el19 de julio de 2014 @Emilio_Silva_

La exposición pública de las víctimas de ETA permitía continuar ocultando a las víctimas de la dictadura, que esperaban a un Estado democrático que garantizase sus derechos

En los primeros años de la Transición (cuando recuperábamos la democracia) el Partido Popular (entonces Alianza Popular) no podía utilizar el pasado como argumento para su legitimidad democrática. Teniendo como fundador a Manuel Fraga, ministro de la dictadura, debía mirar hacia el futuro.



Mientras la élite franquista blanqueaba su biografía, para convertirse en élite democrática, el ambicioso Fraga fracasó en sus repetidos intentos por llegar a la Moncloa, incapaz de aceptar que la sociedad no quería un presidente del Gobierno que hubiera sido dirigente en el franquismo.

Así que la derecha española, herida por varias derrotas electorales, decidió llevar a cabo una gran operación cosmética. En el congreso de enero de 1989, sueltan lastre del pasado y Alianza Popular se refunda en el Partido Popular. Al mismo tiempo llevan a cabo un cambio generacional; aparece un nuevo líder, José María Aznar, en ese momento presidente de la Junta de Castilla y León.

El partido pasó a definirse como fuerza de centro liberal, a pesar de que Aznar había sido durante su juventud militante del Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES), una organización estudiantil que posteriormente se transformó en el partido Falange Española Independiente (FEI). Encontró su legitimidad biográfica en el espíritu de la transición, donde "todos renunciaron a algo" e incluso llegó a definirse como el heredero de la Unión de Centro Demóicratico (UCD) de Adolfo Suárez.

Aznar, como líder del PP, no consigue ganar las elecciones generales ni en 1989 ni en 1993; la mayoría electoral no se considera preparada para ver a la derecha en el gobierno central. Pero el 19 de abril de 1995 sufre un atentado por parte de ETA, del que sale ileso gracias a viajar en un vehículo blindado. Tras ese hecho, la imagen pública del líder popular cambia.

Es a partir de ese momento cuando el Partido Popular da un giro a su interpretación de la violencia de ETA. De su oposición a ella puede nacer la legitimidad que necesitaban para que la sociedad considerase que se trata de una fuerza política de arraigo democrático. Como consecuencia, la relación del PP con la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) se intensifica y los populares comienzan la construcción de una figura hegemónica, según la cuál, un demócrata es quien ha sido víctima de ETA o condena públicamente su violencia.


Ser víctima de un delito violento no tiene nada que ver con el hecho de ser demócrata, porque para serlo hay que sostener y defender principios democráticos. Pero José María Aznar y su partido planificaron la construcción social de esa asociación de conceptos. Eso les permitía aglutinar su arcaica idea de la unidad del Estado, combatir una anti España que le movilizaba voto, y legitimarse. En ese proceso llegaron incluso a condecorar a Melitón Manzanas, uno de los más sanguinarios torturadores de la dictadura, que fue asesinado por ETA.

La exposición pública de las víctimas de ETA permitía continuar ocultando a las víctimas de la dictadura, que esperaban a un Estado democrático que garantizase sus derechos. Más de cien mil familias ansiaban la llegada de un Gobierno que reabriera las fosas, cerrara las heridas y devolviera a los más de cien mil desaparecidos su buen nombre y un lugar digno en el que reposar.

Cuando un ciudadano es víctima de la violencia, las instituciones deben mirar el daño que ha sufrido y poner en marcha la atención precisa, al tiempo que se produce la intervención policial y judicial. Esa asistencia no puede depender del discurso político del agresor ni del de la víctima; debe ser un derecho apartidista e indiscriminado.

Pero el PP ha establecido durante sus años de gobierno una jerarquía en la atención de las instituciones que tiene que ver directamente con su ideología. Durante años hemos visto cómo las víctimas de la AVT recibían un trato preferente con respecto al de otras organizaciones como la que preside Pilar Manjón. Es una clara prevaricación humanitaria, consistente en diseñar sus políticas de atención a quienes han sufrido delitos violentos desde sus intereses de partido.

Hasta ese punto, la hermana de Miguel Ángel Blanco, María del Mar, actual presidenta de la Fundación Víctimas del Terrorismo, ofreció un discurso en el décimo séptimo aniversario del asesinato de su hermano en el que agradeció al Partido Popular su política antiterrorista.


En el artículo tercero de sus estatutos el PP se declara soidario con las víctimas de la violencia de cualquier signo. Pero en sus años de Gobierno jamás ha movido un dedo por reparar a las víctimas de la dictadura. Se trata de una cuestión compleja porque, independientemente de que algunos de sus miembros justifiquen el franquismo, supone criminalizar a sus padres fundadores. Su actitud ha sido la de crear excusas, alguna tan manida y repetida como la de que dar una sepultura digna a una víctimas de la dictadura reabre heridas. Por su parte, el PSOE también ha acompañado al PP en esa política discriminatoria, en parte por inercia y en parte por la culpabilidad de no haber hecho nada por las víctimas del franquismo durante los gobiernos de mayorías absolutas de Felipe González.

En esa construcción, el PP llegó a convertir en la prueba de la cultura democrática de un partido o individuo la condena de la violencia de ETA. Se trata de un falso silogismo, porque el rechazo de esa violencia lo pueden haber practicado en estos años miles de torturadores franquistas, miembros de grupos de extrema derecha y otros colectivos que desprecian la democracia. Y además un ejercicio de doble moral. En el verano de 2013 el alcalde de la localidad lucense de Baralla, el popular Manuel González que aseguró en un pleno municipal que "los que fueron fusilados por el franquismo se lo merecían". A este militante que justificaba la desaparición forzada de 113.000 civiles el PP no loe pidió una condena de la dictadura. Cuando desde algunos ámbitos se pidió su dimisión él aseguró que "el partido ya me ha perdonado".

Más doble moral; mientras el PP ha tratado de sacar del juego político a quienes no condenaban la violencia de ETA, financiaba con dinero público del a la Fundación Francisco Franco (Ministerio de cultura 2000 ), sostenía monumentos a dirigentes franquistas, responsables de los peores crímenes que hemos conocido, o apoyaba acciones militares que han causado la muerte a miles de civiles.



De toda esa intervención en la cultura política surge la reacción del con respecto a la afirmación de Pablo Iglesias de que el terrorismo de ETA tiene "explicaciones políticas". Las declaraciones en las que Esperanza Aguirre le dice a Podemos que entregue el dinero que le sobra del crowdfounding que ha hecho para demandarla, a las víctimas, forma parte de esa cultura del PP que ha visto la financiación a ciertas víctimas como la forma de adquirir pedigrí democrático.

Pero el final de la violencia de ETA y los cambios que está generando la crisis han cambiado la realidad.La raya que dibujó Aznar durante sus años de mayoría absoluta, a partir de la cual quienes no estaban con él no merecían el nombre de demócratas, se diluye. Su instrumentalización de las víctimas de ETA queda patente ante su abandono de los desaparecidos de la dictadura o su política de desprotección de las mujeres que sufren la violencia machista. Igual que sus condenas de la violencia, que nunca han alcanzado a una de las dictaduras más sangrientas del mundo.

El PP ha utilizado política y partidistamente las consecuencias de la violencia de ETA. Así se explica su intento de modificar la autoría de los atentados del 11M de 2004, convencidos de que tenían la mayoría pero si sostenían su versión de los hechos hasta el día de las elecciones, tendrían la mayoría absoluta garantizada. Por eso resulta evidente su sobreactuación cuando alguien afirma que existen explicaciones políticas al respecto, como si sus dirigentes no hubieran hecho política con los efectos de la violencia.

Pero el marco se desfigura y lo que durante un tiempo fue un instrumento de persecución inquisitorial (basta recordar la campaña contra Julio Medem por su documental La pelota vasca) se desactiva por el cambio de contexto. Los límites políticos que establecieron los padres de la transición se desdibujan. Cada vez es más evidente que en la trastienda de la política institucional se priorizaban los privilegios y prebendas de la oligarquía. Por eso, cuando ese sistema político nos ha traído hasta esta crisis, sus herramientas se han mostrado inútiles para proteger socialmente a la ciudadanía.


La derecha española se encuentra en una encrucijada. Sus cimientos liberales se desmoronan y el uso que ha hecho de las consecuencias de la violencia terrorista ya no sirven para abatir adversarios. Con los efectos de la crisis, la sociedad ha adquirido otras prioridades y desde el partido que gobierna y genera sufrimiento social ya no es posible movilizar contra otros con la fuerza con que lo hacían antes.

El PP necesita construir nuevas herramientas políticas que realmente operen en la sociedad. Sus reiterados intentos por reabrir el debate acerca del terrorismo han sido infructuosos. En estos momentos no son capaces de apreciar que su crisis va más allá del descontento que generan sus políticas económicas y sociales. El desmoronamiento electoral del PSOE supone también un cambio que deben elaborar. Es posible que necesiten su regreso a la oposición para llevar a cabo una reflexión colectiva que les obligue a romper los viejos lazos y a terminar con la instrumentalización de las víctimas del terrorismo. Mientras tanto, intentan convertir a Pablo iglesias en esa antiespaña que hasta ahora movilizaba su voto. Pero el cambio social generado por la crisis ha sido enormemente profundo y es posible que no sean capaces de verlo hasta que un resultado electoral lo saque a la superficie.


FIN